"Somos infinitos" fue la frase que me susurró al oído. Después de esa mañana se fue, no volvió. No sé si ella, al contrario de sus palabras, es finita.
Las mañanas son los momentos donde menos infinito me siento. Es como si en ese instante, mientras miro al techo y ella aún duerme, supiera que todo terminará después de dejar la cama, después de dejarla a ella, después de dejar de sentir el peso de su ser recostado sobre mi pecho.
Pero la noche, justo antes de esa mañana, me siento infinito. Mientras, con tranquilidad camino de su mano, siento como la noche me golpea de frente con su frío inmenso y su infinito cielo azul oscuro. Oscuro y profundo. En ese instante, mientras la tengo de la mano, o mientras ella me tiene a mi, es posible sentirse infinito, donde el tiempo no importa, donde el tiempo no alcanza, pero es justo lo que queremos ser: seres encontrados para pasar instantes infinitos.
Al final entiendo que no es infinito el todo, sino es infinito el instante, cada uno de esos que estamos viviendo, que vivimos y que estamos por vivir.
No soy infinito entoces para siempre ni soy infinito en cuanto a ella. Lo somos juntos y separados, siempre y a veces, en movimiento y estáticos, haciendo el amor u odiándonos.
Hay recuerdos infinitos. Todos los que están relacionados con ella. Nunca desaparecerán. Han forjado el ser que soy, ese capaz de sentir su ausencia como un hueco que se llena con los recuerdos de la que ya no está.
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