Ir al contenido principal

Entradas

Mátate

A nosotros, a nuestras versiones:  Vamos por ahí matando lo que una vez fuimos, eso que construimos de nosotros mismos junto alguien o por alguien, esa versión que existió de nosotros. Es como si después de cada relación ese "yo" que existió ya no pudiera existir más, como si lo tuviéramos que matar, esconder, meter debajo de la cama o al menos dejarlo en desuso. ¿Será? Pero duele ser (o intentar seguir siendo) esa persona que ya no serás más. Porque lastima aún vivir en sentimientos que ya no están. Porque hiere convivir con una versión de ti que alguien ya mató pero que tú aún lloras. Y le lloras a un cadáver, inerte, inmóvil, pero sintiente.  Y sí, crea una versión nueva. Déjate morir. Llórate si tienes que llorar. Extráñate, pero no para siempre. Y justo ahí empieza de nuevo. Al final no te vas a morir de desamor.
Entradas recientes

Un verbo en acción

A veces no sé ni qué extraño. Si es la costumbre o la idea de tener algo que ya no es mío.  Es un presente continuo. Es un verbo en transformación y activo.  Claro, y esto, lo nuevo, la incertidumbre, es        hacerse violencia. Es exigirse. Es pellizcarse. Es sacudirse. Es espabilar. Es aguzarse. Es un montón de verbos en acción.  Es vivir en un constante presente continuo

Vale

Hay cosas que valen. Valen tanto que no es que valgan la pena, todo lo contrario, valen la gracia, la gracia de vivirlos y la gracia de tenerlos para agradecerlos y cuidarlo. Vale la gracia y las ganas.

Vuelvo a ti

Y es constante, sí. Siempre vuelvo a ti. A pesar del tiempo y la distancia, siempre vuelvo a ti. Más allá de que me aleje por decisión propia o porque tú quieres que me vaya, siempre vuelvo a ti. Sin importar si recibo o no un saludo de ti, siempre vuelvo, a ti. Sin noticias tuyas o con un montón de ellas, siempre vuelvo a ti. Aunque no vuelva, aunque me quede lejos, siempre vuelvo a ti. No tiene caso que me queje de tu comportamiento indiferente, de tu violencia, de tu frío o agresividad, siempre vuelvo a ti. Acá estoy, de nuevo. Volví a ti.

Somos infinitos II

Ojalá el tiempo fuese maleable. Lo pudiera palpar. Lograra cogerlo y estirarlo, que alcanzara y durara para siempre. Te doy mi tiempo y te lo doy gustosamente porque si tuyo es mi tiempo mío será el tuyo y nuestro será el futuro. Son esas tardes, esas noches, esas madrugadas, que se pasan entre besos, abrazos, suspiros, tactos, sonrisas, placeres y suspiros las que deseo volver infinitas. L o logro, sí, a fin de cuentas mi tiempo a tu lado es infinito en otra dimensión, en otro plano, en el plano del amor y la tranquilidad. Porque en las mañanas al despertar siento la liviandad que da el amar sinceramente.

Reflexiones a orillas del Putumayo

Cuando llevas tu vida a cuestas. Cuando tu vida cabe en una maleta de 40 litros con un solo bolsillo, en una mochila y un canguro, te das cuenta de que lo material vale poco y nada. Aprender a apreciar y a desprenderse al mismo tiempo no es fácil. Pero andando por el río, caminando por la selva a paso de paisano,  a paso de un indígena que se conoce la selva, como el vecino de Bogotá que conoce la cuadra donde vive, se da cuenta uno que para vivir se necesita salud, un estado físico respetable; unas botas de caucho; agua en buena cantidad; algo para comer mientras caminas o andas por el río y que el resto el viaje te lo da. Pero no. Nos empeñamos en acumular, en tener y demostrar que tenemos. En la soledad de la noche amazónica, a orillas del río Putumayo, se da uno cuenta de que sino tienes más que a ti mismo podrás sobrevivir, podrás ser feliz con poco o mucho, pero podrás ser. Y no soy ejemplo de nada. No soy e...

Lo siento, todo.

Lo siento todo. Lo escucho. Lo huelo. Lo tengo a mi lado. Lo conozco. No lo veo. Despierto y sé qué hora es por cómo suena la ciudad. Sé cuando el agua del café ha hervido. Siento la temperatura perfecta del agua cuando entro a la ducha. Salgo a la calle y sé cuál bus coger, siempre sale a la misma hora y siempre suena igual. Me subo. Duermo pero estoy atenta. Sé en qué calle estoy porque cada una suena diferente, cada una huele distinto. Me bajo, camino. Cruzo las calles con cuidado. Se acerca un paseador de perros, trae 4: dos Pugs, un boxer inglés y un labrador negro. En la esquina reparten periódicos. El malabarista está parado en el semáforo de siempre. El hombre hace lo suyo, tiene 30 segundos. Han corrido 25 y no ha empezado a recoger la plata. Se van a ir los carros, las motos, los taxis y los buses que están detenidos en el semáforo. Se fueron, con rapidez, como si huyeran. Camino. Recibo un perió...