Ojalá el tiempo fuese maleable. Lo pudiera palpar. Lograra cogerlo y estirarlo, que alcanzara y durara para siempre.
Te doy mi tiempo y te lo doy gustosamente porque si tuyo es mi tiempo mío será el tuyo y nuestro será el futuro.
Son esas tardes, esas noches, esas madrugadas, que se pasan entre besos, abrazos, suspiros, tactos, sonrisas, placeres y suspiros las que deseo volver infinitas.
Lo logro, sí, a fin de cuentas mi tiempo a tu lado es infinito en otra dimensión, en otro plano, en el plano del amor y la tranquilidad.
Porque en las mañanas al despertar siento la liviandad que da el amar sinceramente.
Cuando llevas tu vida a cuestas. Cuando tu vida cabe en una maleta de 40 litros con un solo bolsillo, en una mochila y un canguro, te das cuenta de que lo material vale poco y nada. Aprender a apreciar y a desprenderse al mismo tiempo no es fácil. Pero andando por el río, caminando por la selva a paso de paisano, a paso de un indígena que se conoce la selva, como el vecino de Bogotá que conoce la cuadra donde vive, se da cuenta uno que para vivir se necesita salud, un estado físico respetable; unas botas de caucho; agua en buena cantidad; algo para comer mientras caminas o andas por el río y que el resto el viaje te lo da. Pero no. Nos empeñamos en acumular, en tener y demostrar que tenemos. En la soledad de la noche amazónica, a orillas del río Putumayo, se da uno cuenta de que sino tienes más que a ti mismo podrás sobrevivir, podrás ser feliz con poco o mucho, pero podrás ser. Y no soy ejemplo de nada. No soy e...
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