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Lo siento, todo.

Lo siento todo. Lo escucho. Lo huelo. Lo tengo a mi lado. Lo conozco. No lo veo. Despierto y sé qué hora es por cómo suena la ciudad. Sé cuando el agua del café ha hervido. Siento la temperatura perfecta del agua cuando entro a la ducha.

Salgo a la calle y sé cuál bus coger, siempre sale a la misma hora y siempre suena igual. Me subo. Duermo pero estoy atenta. Sé en qué calle estoy porque cada una suena diferente, cada una huele distinto. Me bajo, camino. Cruzo las calles con cuidado. Se acerca un paseador de perros, trae 4: dos Pugs, un boxer inglés y un labrador negro. En la esquina reparten periódicos. El malabarista está parado en el semáforo de siempre. El hombre hace lo suyo, tiene 30 segundos. Han corrido 25 y no ha empezado a recoger la plata. Se van a ir los carros, las motos, los taxis y los buses que están detenidos en el semáforo. Se fueron, con rapidez, como si huyeran.

Camino. Recibo un periódico que no podré leer pero sí sentir. Lo tocó. Lo imprimieron hace 4 horas. Es más grueso hoy por los clasificados y por los anuncios publicitarios. 

[Continuará]

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